Si ser o no ser…

Lilia Ávalos

No importa dónde lo haya escuchado (así que no te mortifiques, lector), pero los diálogos a continuación “existieron”. Incluso no sabría decirte si los escuché o los imaginé. Es sólo que hay, a veces, ocasiones en las que piensas tan intensamente algunas ideas que no sólo las imaginas, sino que las escuchas. Pero lo importante de esto recae en la posible certeza de los argumentos de Pedro Páramo y del gato de Chesire; o ya estamos muertos, o todos estamos locos. Y como quizás sean ambas y no sólo una de ellas la verdad, va a continuación el diálogo, en el que yo no aparezco, porque no soy yo quien le da vida, no es a partir de mí que lo conoces, sino que se sostiene por sí mismo. Al contrario, yo me valgo de él para plasmar mi fútil introducción y proporcionarme “existencia” (aunque sea entre comillas, ¿de qué otra forma si no?

 

—¿Hubieras preferido que no muriera?

—Bueno, no tanto como decir “ojalá que siguiera vivo”, porque todos tenemos que morir.

—¡Ah! Entonces, ¿crees que morir es una obligación?

—Bueno, no tanto como una obligación, sino más bien algo inevitable.

—¿Qué implicaría morir?

—Pues ya sabes; colgar los tenis, estirar la pata, ir al más allá, quedarse frío, ponerse tieso.

—Mmm, dudoso, dudoso. A ver, ¿qué hace a la vida, entonces?

—Bueno, pues es que uno puede hacer de todo en la vida (¡hasta morirse!). Puedes ir al cine, subir cerros, hacer revoluciones, escribir libros, ver tele todo el día, beber, fornicar cuanto se quiera. Sí, tú sabes, esas cosas.

—Pero si vas al cine, ¿no se acaba esto en el momento en que termina la película?, o si escribes un libro, ¿acaso el libro desaparece también cuando tú mueres?, ¿cuelga también el libro los tenis?, si haces una revolución y mueres ¿implica que no habrá quien experimente los cambios que propiciaste?

—¡Ah, pero eso es filosofía!

—Imbécil…

—Sí, mira, no te alteres: cuando alguien se muere, sólo muere el que se muere, más no lo hecho por éste, y como para los otros nadie es más que lo que ha hecho, entonces en realidad no se muere. O más bien sí se muere, pero ¡a quién le importa!

—Mmm… grrrrrr…

—Ajá, todo está clarísimo. Es como cuando se murió Jesús, o lo que es peor, cuando se murió Cervantes, la verdad es que yo no me entristecí, ¿por qué habría de hacerlo?, si a los cabrones  ni  los conocí, y lo que sé de ellos es sólo lo que otros dicen que hicieron, y como la cosa hecha sigue, pues entonces de qué me apuro.

—Pero lo que yo quería decirte es que…

—Sí, por eso, morir vale madres para todos menos para mí que soy quien muere, pero como cuando eso pase ya voy a estar muerto ¿de qué me apuro? Si por eso dicen que no hay muerte inoportuna. Imagínate que uno quedara vivo para pasársela tristeando porque se murió, pues no, ¿qué vida sería esa?

—No, lo importante de esto es que…

—Ajá, por eso, si te digo que cómo le gusta a uno mor-ti-fi-car-se (¡ah, qué palabrita tan rara!). Al cabo, uno ya está muerto, que los vivos se preocupen por esto.

—No, pero es que…

—¡Adiós…!

La partícula homicida que nos habita

Alda Nelly Rodríguez Salazar

Cuantas veces no hemos escuchado la expresión “¡como me gustaría matarlo!”  sin embargo, el hecho de pronunciarla no significa que lo harás…. o ¿si?

Existen situaciones que nos ponen al límite de nuestras emociones; problemas tanto económicos, familiares y sociales, sin contar el estrés del que somos presas día con día  algunas veces este tipo de situaciones  nos acercan poco a poco a nuestro límite, mientras sentimos cómo nos recorre la sensación de odio y rencor que se apodera de nosotros lentamente.

Según expertos los homicidas carecen de conciencia moral y tienen una mala fe consciente, no es necesariamente agresivo y, a diferencia del criminal, no actúa, sino que hace actuar a otros  suelen conducirse repetitivamente escogiendo a sus víctimas, generalmente, el sujeto carece de introspección acerca de la naturaleza extraña o extravagante que puede adoptar su conducta o sus pensamientos, los que terminan por provocar una grave disfunción social.

El móvil de las muertes suele ser parte de un proceso alucinatorio, de voces que le dan órdenes, o tratan de matar a aquel que en su delirio lo persigue.

Los homicidios premeditados suelen ser muy organizados, cayendo incluso en la perfección de sus actos, y sin dejar rastros que luego suelen ser intencionales para ser el centro de atención de las personas; en cambio el homicida espontáneo no suele premeditar el crimen, es rápido y desorganizado, suele dejar muchos cabos sueltos y es atrapado fácilmente; al parecer cae en un estado de shock que no sabe qué paso y suele arrepentirse después de cometerlo.

Sin embargo este tipo de patrones se ha ido modificando debido a los cambios en la conducta del hombre que por la sociedad se han ido presentando, los estándares de psicología no se adaptan a estos nuevos patrones de conducta, ya que los nuevos homicidios son cometidos por personas del todo sanas mentalmente, sin ninguna paranoia o psicosis, que simplemente fueron víctimas de la situación y del momento; sin embargo, son rechazadas por la realización de estos actos.  La sociedad al levantar el dedo acusador,  no se pone a pensar si dentro de cada uno de nosotros existe una parte que quizás, al enfrentarnos a cualquier problema o situación pueda apoderarse de nosotros  nublarnos la mente y reaccionar . Muchas veces somos víctimas de las circunstancias y pocas veces nos ponemos a analizar , qué hubiéramos hecho nosotros en esa situación, quizás hubiéramos actuado con más saña y frialdad al toparnos con ese tipo de problemas, que quizás por más frialdad que querríamos mantener, seríamos presas de la ira, el enojo … tal vez es cierta la frase “todos somos posibles homicidas”, para qué esperar que el otro de el primer golpe, si te le puedes adelantar.