El prototipo del estudiante de humanidades

Gabriela Nájera

 

El estudiante de humanidades no es sólo un estudiante, tiene características específicas que lo hacen inconfundible a los demás.  Podríamos caminar por un campus universitario en cualquier parte de México sin percatarnos de qué carrera estudian la mayoría de los jóvenes, pero el humanístico resalta de los otros. Dicen que Dios los hace y las facultades de humanidades los juntan.

Sólo hay que ver cómo viste el estudiante de humanidades, su atuendo tiene que ser de colores extraños; mientras peor combinado ande, mejor. Este tipo de seres prefiere las ropas confeccionadas por artesanos indígenas, los cinturones que no son en realidad cinturones sino pedazos de tela, las boinas negras,  los huaraches cosidos con mecate o en su defecto los tenis Converse en cualquier presentación. Éstos últimos adquieren mayor valor si están rayados o rotos, porque bien he escuchado en múltiples ocasiones que no es lo mismo unos Converse hechos pedazos que unos tenis cualquiera rotos. Dos o tres ropas de manta, algún chal, collares de piedras lunares y algunos aretes folklóricos siempre estarán en el guardarropa de este espécimen. Tampoco faltarán los pantalones rotos; en cualquier otro lugar llevar un agujero en la nalga sería hasta vulgar, pero en las facultades de Humanidades es el pan nuestro de cada día y, próximamente, requisito de inscripción.

Los cabellos de esta fauna son casi una obra de arte, monumento a la rebeldía. No se trata sólo de evitar pasarse el cepillo, sino parecer despeinado a lo largo del día; no es sólo tener chinos, es lograr la elevación de ellos en el ángulo perfecto; no es sólo tener rastas, es lograr que conserven su efecto mugroso; la gracia no está en pintarse rayos morados o verdes en las mechas, sino teñirlas con productos naturales; y el último gran logro: cortarse el pelo sin acudir a una estética o peluquería (señal inequívoca de que es posible ir en contra del sistema).

Es equivocado dejarse llevar por la apariencia este moderno axolotl de las Humanidades. A primera vista puede confundírsele con hippie, pero no, él va más allá de la hippiesa, es más bien multifacético, puede saltar de lo naco a lo fresa, pasando por lo emo, lo darketo, lo metalero, lo punky y cuanta clasificación de grupos sociales y tribus urbanas exista.

Lo mismo ocurre con sus gustos musicales. Se han documentado casos en que estudiantes de Humanidades han escuchado, durante una borrachera, tanto a los Tigres del Norte, Montez de Durango, Pesado, Intocable y hasta a la Arrolladora Banda Limón, sin contar dos que tres canciones de José José, José Alfredo Jiménez y Juanga. Algunos especialistas han afirmado que la capacidad de tolerancia al cambio de intérpretes es proporcional a la ingesta de alcohol y la circulación de él en el torrente sanguíneo.

Sorprende también su reacción a los diversos escenarios y situaciones: si es invitado a un rave será conocedor de la música electrónica en su máxima expresión, portará pulceritas luminosas y saltará de manera efusiva a cada oportunidad; si tiene que comentar frente algún profesor algo sobre música referirá a los grandes concertistas de todos los tiempos, herencia musical de sus padres o familiares (porque todos tenemos un familiar que escucha música clásica); el reggae también será una presencia constante: su vinculación será la vida y obra de San Bob Marley y se manifestará especialmente con fotografías o estampas del jamaiquino; gustará además del rock en español, en inglés, en francés, en portugués, en mandarín, en coreano y hasta en tailandés (porque olvidé mencionar que el humanístico es poliglota) y jamás dejará atrás géneros musicales fundamentales en la historia de la humanidad como en tango, la trova, el jazz, el blues y el bosanova . 

No todos los géneros musicales son admitidos por este estudiante, claro que no, él vomitará el reggeaton y a los denominados grupos plásticos (Rbd, la Nueva Banda Timbiriche, Belanova, sólo por citar algunos), sin embargo en secreto sabrá la letra de todas  sus canciones como herramienta para un futuro estudio antropológico. 

El estudiante de humanidades gusta de ver películas, especialmente cine-arte o documentales sobre los problemas en países lejanos, muy pero muy lejanos,  por supuesto que verá “Rudo y Cursi”, incluso como un placer culpable, porque de todas formas Gael ya es un chico Almodóvar, ¿no? Muy selecta es la programación televisiva que él ve, jamás Ventaneando, ni La Oreja, mucho menos los reality shows o los programas de revista, aunque, por algún extraño motivo, conoce la vida y obra de cada artista. ¿Cómo lo sabe? ¿Acaso el humanístico posee poderes especiales que los demás no? Son preguntas que quizá sean respondidas, pero no hoy y no aquí.

Esto nos lleva a sus gustos literarios, el humanístico lee, pero no cualquier cosa, lee lo mejor de lo mejor, lo más selecto de lo selecto. Antes de inscribirse, cuando ha librado todos los exámenes de admisión, es vacunado para que al pisar por primera vez las instalaciones de su escuela desarrolle un repelente hacia autores como Paulo Cohelo o el buen Carlos Trejo.

Debido a su simpatía hacia la onda rastafari y su devoción a San Bob Marley, siempre estará a favor de la legalización de María Juana (mejor conocida como marihuana), de esta manera podrá limpiarla, liarla y consumirla dentro de las instalaciones de su facultad (hay quienes dicen que esto ya ocurre) y pasear por los jardines en un estado de meditación total, mientras procurara estar en armonía consigo mismo y la naturaleza. Los mejores estudios acerca del calentamiento global y algunos cuantos inventos fueron concebidos de esta forma.

Para ser un verdadero humanístico, este estudiante debe de estar en contra de al menos tres de las siguientes cosas:

a)    La iglesia

b)    El gobierno

c)    Las franquicias extranjeras

d)    El idioma inglés

e)    La contaminación ambiental

f)     El maltrato de los animales

g)    La burguesía

h)    Televisa/Tv Azteca

i)      La telefonía celular y el internet

j)      La discriminación en todas sus presentaciones

k)    La delincuencia

l)      El machismo o el feminismo

m)  El fascismo

Su credencial de estudiante le da acceso directo a todas las huelgas, marchas y manifestaciones habidas y por haber, donde demostrará su solidaridad y comprensión al medio que le rodea: que si sube el precio de la gasolina, ahí estará el humanístico; que si la matanza de kril por ballenas en la Antártida, ahí estará el humanístico;  que si los zetas se apoderaron de la piratería local, ahí estará el humanístico; que si un taxista atropelló a un conejo en el Periférico, ahí estará el humanístico, siempre al pie del cañón en asuntos de tanta relevancia, aunque no sepa bien de qué se trata la cosa: todas son expresiones sociales y humanas.

Aunque no todo son plantones y caos, también hay  empresas que se ven beneficiadas con la existencia de estas facultades, es bien sabido que la industria morralera encuentra en ellas la mayor parte de sus ganancias al año; se estima que 9 de cada 10 humanísticos poseen por lo menos un morral, también los concesionarios de máquinas de café y los vendedores de cigarros sueltos perciben ganancias multimillonarias anualmente. Infortunadamente las transnacionales que se encargan de la higiene personal,  como Gillete Prestobarba,  Head & Shoulders, Rexona y Hugo Boss, venden escasos productos a los humanísticos, lo cual las ha llevado al borde de la quiebra.

Así es este estudiante, la mayoría de las veces inofensivo, sin embargo le recomendamos que se mantenga lo más alejado posible de este espécimen: todas sus características se transmiten a las personas normales de manera verbal, y el daño es irreversible.

El amor como un deber

Gabriela Nájera

 

            Soldado novato que quieres seguir la bandera del Amor: primero busca a la mujer que debes amar, luego conquista su corazón y, finalmente, esfuérzate para que la pasión sea eterna 

(Ovidio, El arte de amar)

 

Se ha definido al amor de tantas formas que sería difícil creer que puede llegar a haber un concepto  universal. Para los científicos el amor es un tipo de locura temporal, un efecto químico que se origina en el cerebro; Platón consideró que el amor es una fuerza que está por debajo de la razón y Erich Fromm llegó a considerarlo como un arte.

Es éste último quien dijo que existen diversos tipos de amor y que su diferencia depende de la clase de objeto al que se ama. Esta clasificación es la siguiente: el  amor fraternal, el cual significa amar a todos los seres humanos sin exclusividad; el amor materno, que es una afirmación incondicional de la vida de un hijo; el amor erótico, es decir, el anhelo de una fusión completa y quizá la forma más engañosa de amor; el amor a sí mismo, y es en esta clasificación donde Fromm explica que el amor a sí mismo no es amar menos a otros objetos ni ser egoísta, sino que tiene que haber un amor hacia todos incluyéndonos a nosotros mismos; y el amor a Dios, que es el anhelo de unión con el bien más deseable.

Cualquier cantidad de personas en todo el mundo y a través de la historia han hablado del amor y  todos, de una u otra forma, sabemos que existe y lo percibimos como si fuera algo palpable. Lejos de parecer un sentimiento, el amor se acerca más a una necesidad e incluso a obligación. Un niño ama a su madre porque la necesita, amamos a Dios por la necesidad de creer que hay algo supremo, tenemos que amar a los demás y a nosotros mismos porque así debe ser y, en cierto momento de nuestras vidas, nos vemos en la necesidad de amar a alguien en exclusiva. 

Carlos Gurméndez, en su libro “Estudios sobre el amor”, dice que es la forma más primaria de la comunicación, que surge de la cotidianidad, que es humilde y simple. Entonces, ¿en qué radica el poder amar a alguien sí y a otro no? Nuestro entorno determina en gran medida la imagen de la persona amada, de tal forma que cuando llegamos al momento de decidir a quién amar, tenemos un parámetro de lo que buscamos.   Por otro lado, si es tan simple y sencillo este acto, y si todos podemos amar en algún momento de la vida, ¿dónde queda lo magnifico de hacerlo?,  ¿no es entonces tan mágico y extraordinario como siempre se nos ha pintado? 

Podemos decir que creemos o no en el amor, pero socialmente estamos destinados a vivirlo, se nos enseña a adquirir ese sentimiento, se nos dice cómo, cuándo, dónde y hasta a quién amar.  Creemos saber cómo se siente sin haberlo vivido y estamos relativamente preparados para  cuando sea la hora adecuada de hacerlo.

Tenemos establecidas ciertas características que una persona debe poseer para llegar a amarla, características que pocas veces se encuentran en su interior. La belleza, la personalidad seductora y la admiración, explica Walter Riso, en su libro “Ama y no sufras”,  son los elementos que tenemos  que encontrar en otro individuo para amarlo. Por tanto, queda lejos cualquier idea de que el amor puede ser un sentimiento del alma o de la naturaleza, ya que todos estos elementos son establecidos por el mundo en que vivimos.

Desde que nacemos nuestra familia espera algo de nosotros: que la amemos, pero también que algún día conozcamos a alguien y nos enamoremos, que nos casemos y tengamos hijos  y, si se puede,  hasta un perro labrador. Poco a poco se nos entrena mientras disfrutamos lo que nosotros creemos que es entretenimiento infantil. Vemos esas películas de Disney donde un príncipe rescata a la princesa de un castillo y luego viven felices para siempre. Así nos hacemos a la idea de que un día llegará el príncipe a nuestro castillo. ¿Qué pasaría si el cuento fuera diferente, si nos contaran que la princesa se casó con él por su dinero o que el príncipe sólo se quería acostar con ella?

El amor no surge espontáneamente. Sin darnos cuenta nuestra sociedad nos guía creándonos una imagen ideal y al final, dentro de las varias personas que encajan dentro de esa imagen, cada quien decide a quién amar y las razones por las cuales ha de hacerlo. A pesar de esto, cuando nos enamoramos, ya sea que nos vaya bien o mal, siempre decimos que es cosa del destino.

 

Bibliografía
Ovidio, Publio. 2005. El arte de amar (en línea). Buenos Aires: Longseller.
Disponible en: http://books.google.com.mx/books?id=TJG4W1BEHWUC   [Consulta:08/02/2009]
Fromm, Erich. 2007. El arte de amar (en línea). Barcelona: Paidós. Disponible en: http://www.opuslibros.org/libros/arte_amar/indice.htm [Consulta:09/02/2009]
Gurméndez, Carlos. 1994. Estudios sobre el amor (en línea) Barcelona: Antrhopos.  Disponible en: http://books.google.com.mx/books?id=cPSVi1yhRnkC [Consulta:07/02/2009]
Riso, Walter. 2003. Ama y no sufras (en línea). México: Norma. Disponible en: http://books.google.com.mx/books?id=d51VsX_zHgUC [Consulta:07/02/2009]