El amor como un deber

Gabriela Nájera

 

            Soldado novato que quieres seguir la bandera del Amor: primero busca a la mujer que debes amar, luego conquista su corazón y, finalmente, esfuérzate para que la pasión sea eterna 

(Ovidio, El arte de amar)

 

Se ha definido al amor de tantas formas que sería difícil creer que puede llegar a haber un concepto  universal. Para los científicos el amor es un tipo de locura temporal, un efecto químico que se origina en el cerebro; Platón consideró que el amor es una fuerza que está por debajo de la razón y Erich Fromm llegó a considerarlo como un arte.

Es éste último quien dijo que existen diversos tipos de amor y que su diferencia depende de la clase de objeto al que se ama. Esta clasificación es la siguiente: el  amor fraternal, el cual significa amar a todos los seres humanos sin exclusividad; el amor materno, que es una afirmación incondicional de la vida de un hijo; el amor erótico, es decir, el anhelo de una fusión completa y quizá la forma más engañosa de amor; el amor a sí mismo, y es en esta clasificación donde Fromm explica que el amor a sí mismo no es amar menos a otros objetos ni ser egoísta, sino que tiene que haber un amor hacia todos incluyéndonos a nosotros mismos; y el amor a Dios, que es el anhelo de unión con el bien más deseable.

Cualquier cantidad de personas en todo el mundo y a través de la historia han hablado del amor y  todos, de una u otra forma, sabemos que existe y lo percibimos como si fuera algo palpable. Lejos de parecer un sentimiento, el amor se acerca más a una necesidad e incluso a obligación. Un niño ama a su madre porque la necesita, amamos a Dios por la necesidad de creer que hay algo supremo, tenemos que amar a los demás y a nosotros mismos porque así debe ser y, en cierto momento de nuestras vidas, nos vemos en la necesidad de amar a alguien en exclusiva. 

Carlos Gurméndez, en su libro “Estudios sobre el amor”, dice que es la forma más primaria de la comunicación, que surge de la cotidianidad, que es humilde y simple. Entonces, ¿en qué radica el poder amar a alguien sí y a otro no? Nuestro entorno determina en gran medida la imagen de la persona amada, de tal forma que cuando llegamos al momento de decidir a quién amar, tenemos un parámetro de lo que buscamos.   Por otro lado, si es tan simple y sencillo este acto, y si todos podemos amar en algún momento de la vida, ¿dónde queda lo magnifico de hacerlo?,  ¿no es entonces tan mágico y extraordinario como siempre se nos ha pintado? 

Podemos decir que creemos o no en el amor, pero socialmente estamos destinados a vivirlo, se nos enseña a adquirir ese sentimiento, se nos dice cómo, cuándo, dónde y hasta a quién amar.  Creemos saber cómo se siente sin haberlo vivido y estamos relativamente preparados para  cuando sea la hora adecuada de hacerlo.

Tenemos establecidas ciertas características que una persona debe poseer para llegar a amarla, características que pocas veces se encuentran en su interior. La belleza, la personalidad seductora y la admiración, explica Walter Riso, en su libro “Ama y no sufras”,  son los elementos que tenemos  que encontrar en otro individuo para amarlo. Por tanto, queda lejos cualquier idea de que el amor puede ser un sentimiento del alma o de la naturaleza, ya que todos estos elementos son establecidos por el mundo en que vivimos.

Desde que nacemos nuestra familia espera algo de nosotros: que la amemos, pero también que algún día conozcamos a alguien y nos enamoremos, que nos casemos y tengamos hijos  y, si se puede,  hasta un perro labrador. Poco a poco se nos entrena mientras disfrutamos lo que nosotros creemos que es entretenimiento infantil. Vemos esas películas de Disney donde un príncipe rescata a la princesa de un castillo y luego viven felices para siempre. Así nos hacemos a la idea de que un día llegará el príncipe a nuestro castillo. ¿Qué pasaría si el cuento fuera diferente, si nos contaran que la princesa se casó con él por su dinero o que el príncipe sólo se quería acostar con ella?

El amor no surge espontáneamente. Sin darnos cuenta nuestra sociedad nos guía creándonos una imagen ideal y al final, dentro de las varias personas que encajan dentro de esa imagen, cada quien decide a quién amar y las razones por las cuales ha de hacerlo. A pesar de esto, cuando nos enamoramos, ya sea que nos vaya bien o mal, siempre decimos que es cosa del destino.

 

Bibliografía
Ovidio, Publio. 2005. El arte de amar (en línea). Buenos Aires: Longseller.
Disponible en: http://books.google.com.mx/books?id=TJG4W1BEHWUC   [Consulta:08/02/2009]
Fromm, Erich. 2007. El arte de amar (en línea). Barcelona: Paidós. Disponible en: http://www.opuslibros.org/libros/arte_amar/indice.htm [Consulta:09/02/2009]
Gurméndez, Carlos. 1994. Estudios sobre el amor (en línea) Barcelona: Antrhopos.  Disponible en: http://books.google.com.mx/books?id=cPSVi1yhRnkC [Consulta:07/02/2009]
Riso, Walter. 2003. Ama y no sufras (en línea). México: Norma. Disponible en: http://books.google.com.mx/books?id=d51VsX_zHgUC [Consulta:07/02/2009]

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2 comentarios

  1. Je, haberlo dicho antes… no es cierto, no lo creo, Gaby.

    Como dice Cortazar:
    “Lo que mucha gente llama amar consiste en elegir a una mujer y casarse con ella. La eligen, te lo juro, los he visto. Como si se pudiese elegir en el amor, como si no fuera un rayo que te parte los huesos y te deja estaqueado en la mitad del patio. Vos dirás que la eligen porque-la-aman, yo creo que es al verse. A Beatriz no se la elige, a Julieta no se la elige. Vos no elegís la lluvia que te va a calar hasta los huesos cuando salís de un concierto”.

    No se decide perder la cordura. Se pierde y ya.
    Salud.

  2. Otra de Cortázar:
    “Demasiado tarde porque aunque hiciéramos tantas veces el amor, la felicidad tenía que ser otra cosa, quizás algo más triste que esta paz y este placer, un aire como de unicornio o de isla”.
    Rayuela, Capítulo 2.

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